Arriba de esta balsa va un vehículo que fue esencial para la comunicación en la zona. Saben de que se trata?

Así es, es la famosa Galera de Mora…

Hasta hoy en día, luego de tantos años que ya no se las ve, hay campos donde su huella sigue apareciendo como recordando lo que alguna vez fue. Esa huella que dejó la marca de un vehículo tan importante para la población dado que era su única forma de comunicación. La huella que hace que el pasado, de vez en cuando, se haga presente como recordando a todos aquellos que pasaron primero por estos “pagos”.

Las galeras eran carruajes de dos ejes, con las dos ruedas delanteras en volantín, tirados por diez o más caballos según las condiciones de los caminos.

El manejo de las riendas estaba a cargo del mayoral, con dos o tres postillones que conducían las cuartas delanteras. Este gaucho, bien montado, también recibía el nombre de cuarteador y era muy ducho en cuestiones de caballos porque de su baquía dependía que se pudieran cruzar grandes lodazales o arroyos crecidos.

Los coches llevaban hasta 10 pasajeros, acomodados en cuatro filas de asientos que tenían amplias ventanillas laterales. Sobre el techo, de madera o lona, se acomodaban los bultos de los viajeros y, a veces, algún pasajero que se llevaba de favor sin cobrarle el pasaje.

Galeras. Detalles de una importante empresa.

Cita el autorizado historiador criollo Tito Saubidet que este tipo de vehículos, originales de Estados Unidos de Norteamérica en donde se los conocía como ‘diligencias’, fueron introducidos en nuestro país hacia 1856 por un empresario llamado Timoteo Gordillo, cuando trajo en barco 140 unidades.

El mismo autor informa (en su célebre “Vocabulario y refranero criollo”) que en el censo general de la provincia de Buenos Aires de 1881 se consigna la existencia de 150 mensajerías con galeras, “que disponían de 262 vehículos, 935 empleados fijos y 10.898 caballos”

Una de esas empresas era propiedad de Marcos Mora, un español nacido en Palma de Mallorca el 4 de octubre de 1851 que en 1874 llegó al país y tras ejercer un corto período su oficio de zapatero ingresó como mayoral a una galera que cubría el recorrido entre Azul y Olavarría, hacia 1876. Después armó su propia mensajería (el nombre con el que se reconocía oficialmente la actividad, porque prestaban el inicio servicio de correos y encomiendas) y estableció líneas entre otros pueblos bonaerenses.


Un 25 de mayo llega a Patagones


Las diversas fuentes consultadas por este cronista difieren acerca del año (¿1884 ó 1885?) pero coinciden al señalar que fue un día 25 de mayo cuando sonó por primera vez en la plaza de Carmen de Patagones la corneta del mayoral de Mora (quizás él mismo, tal vez alguno de sus hermanos Nicolás o Pablo) para anunciar la llegada del esperado transporte que traía pasajeros y noticias desde Bahía Blanca.

En ese tiempo ya era frecuente la llegada de sacerdotes salesianos por estas latitudes y uno de ellos fue el joven naturalista Lino del Valle Carbajal, que dejó constancia de su viaje en la galera de Mora para su monumental “Estudio general de la Patagonia”. En un comentario sobre esta obra en el diario italiano “Gaceta del Póppolo” se puede encontrar una pintoresca descripción de aquellas travesías que hizo Carbajal y que, sin nombrarlo, está inspirada en Marcos Mora y su gente.

“El viaje en galera es muy molesto, aunque divertido, por la diversidad de panoramas que desfilan ante los ojos del viajero, durante la vertiginosa carrera de los caballos. El mayoral por lo regular es muy vocinglero; hombre decidido y enérgico que sabe alternar a los gritos de animación y latigazos a las pobres bestias, cantilenas bucólicas, rimas, fragmentos de canciones eróticas: a estos cantos hacen coro los cuarteadores en tono más bajo, pero con modulaciones más destempladas. Entre tanto los matungos huyen como el viento.”

Añade esta deliciosa crónica. “Notamos de paso que el mayoral es el jefe y juez inmediato de una galera. Si un pasajero se hiciese reo de alguna grave falta puede corregirlo, atarle si no obedece y condenarlo a recibir un tiro de pistola si tentase cometer un delito o despreciar la autoridad mayoralesca. Para hacer respetar su autoridad lleva bajo el asiento un par de pistolas, algunas sogas y un largo puñal. Los cuarteadores son sus soldados (y como tal sujetos a dura disciplina), y ejecutores en casos necesarios; pero en general él solo pone fin a todo desorden. En caso grave el mayoral ata al culpable y lo arroja sobre el techo de la galera, como a un fardo; todavía allí le vuelve a reatar para que no caiga. Llegado a una posta consigna el preso a la autoridad local, si la hay, con un regular informe de lo sucedido. El mayoral, fuera de estos casos, trata respetuosamente a los viajeros y los haría respetar si alguno quisiera ofenderles”.


El relato de Francisco Pita

El escribano Francisco Pita le dedicó varias páginas de su bello libro “Remembranzas” a la evocación de Marcos Mora y su empresa de transporte. Se transcriben los siguientes párrafos.
“La primera galera llegó un día 25 de mayo a la plaza 7 de Marzo, al toque de clarín tocado por Mora, reuniéndose con tal motivo todo el vecindario alrededor del fantástico vehículo, precursor de grandes adelantos.
El contento de la población era evidente y bien justificado. Toda la correspondencia que llegaba semanalmente para Patagones, Viedma y demás puntos de la línea del río Negro hasta el lago inclusive, cabía en una o dos bolsas grandes para los impresos y paquetes y en una chica para las cartas, no había servicio de encomiendas.

La galera paraba en el hotel de Arró, único que había, frente al muelle, y de allí mandaba Mora la correspondencia a la oficina de Correos y Telégrafos con sus cuarteadores que eran, entre otros, un negrito de apellido Suana y un tal Hilario, a cual más dicharachero. Muchos envíos llegaban rotos y derramando su contenido, debido a la presión de las cuerdas con que se aseguraban los sacos y a los golpes que recibían en el tránsito, carga y descarga, por el poco cuidado que se les dispensaba; por cuyo motivo encargó el jefe señor Kennedy que se les dijera a Suana o Hilario que pusieran más cuidado para evitar perjuicios y reclamos”.


Pita describe también las peripecias del recorrido. “El viaje de Bahía Blanca a Patagones era una verdadera odisea, por unos caminos intransitables. A pocas leguas de Bahía empezaba la vía crucis al tener que cruzar unos salitrales donde se encajaba la galera hasta los ejes y había que aligerarla, bajándose los pasajeros, que eran transportados de un islote a otro, enancados en los mismos caballos de los cuarteadores; luego se repetía lo mismo para poder pasar los médanos de Romero, que los pasajeros debían cruzar a pie; después en balsa el río Colorado (ver una de las fotos) y luego en bote los zanjones de ese mismo lugar.

El viaje duraba 3 días en invierno y dos íntegros en verano. Con todo era un gran adelanto, pues siempre se estaba más seguro que por mar y además había así un itinerario fijo y permanente.”


El payador Suana
El ya nombrado cuarteador Suana tenía, siempre según el relato de Pita, algunas dotes de payador. Cuando terminaban los viajes el negrito se acodaba en el mostrador del café danzante “Casa de Lungo” y narraba los sucesos de la travesía.

Hay un caso que se narra de la siguiente forma. “Al llegar a la posta del río Colorado hubo un serio incidente entre uno de los cuarteadores y Mora. El cuarteador Evaristo lo increpó a Mora por haberlo éste tratado duramente durante el viaje y se le acercó en forma amenazante. Con este motivo Suana improvisaba otros versos, diciendo más o menos:

” No me quisiera acordar cuando Mora pegó el grito, con el revólver en la mano. – ¡No se me acerque Evaristo! Con esa actitud altanera ¡retíreseme dos pasos! No me venga con zoncera, le via’encajar dos balazos. Y en eso salió Morocho, con una tumba e pichero. Y soltó la risa Aurelio como un loro barranquero!”

“Agregaba en su verseada que para evitar graves consecuencias habían intervenido los demás cuarteadores; y todos los vecinos o habitantes de la posada, que se alborotaron los caballos y hasta los perros y gatos. Tenía un verso para cada uno y terminaba así: Un gato dijo miau miau, el otro dijo fú fú. Un vestido coloraaau y Aurelio les tiró con un hueso de caracú”.
“Y así por el estilo seguía relatando lo ocurrido, en medio de la carcajada general. Cada viaje daba motivo a estos y otros dicharachos, con lo que se hacía menos tedioso el viaje a los pasajeros y más llevadero el crudo trabajo de los pobres conductores” acota Pita.

Marcos Mora siguió con sus viajes de galera hasta 1913, cuando el ferrocarril del Sur llegó a Stroeder, radicado en los alrededores de Buenos Aires murió en 1928, a los 77 años.
La revista de Isabel Garrido y Miguel Bordini, que lleva el nombre de “La Galera” como un implícito reconocimiento a este emprendedor, publicó en noviembre de 2007 una entrevista a Tulio Mora, de 94 años, sobrino de Marcos, que vive en Laprida. Recordó que “las postas eran precarios ranchos de barro, donde los viajeros dormían sobre catres tapados con cuero de oveja, que hacían también de colchón, y un anexo de comida caliente, entre el puchero o un trozo de carne asada”.


Otro dato aportado por Tulio Mora es que dos hijos de Marcos manejaron, en las primeras décadas del siglo 20, un servicio de autos de alquiler en la zona de Conesa. Sin ninguna duda los Mora fueron pioneros en el transporte de pasajeros terrestres y este recuerdo lleva al merecido homenaje, porque era un servicio duro pero eficiente, que vencía distancias y rompía el aislamiento de Carmen de Patagones, cuando todavía no llegaba el tren.

Fuente: Perfiles Espinosa de Carlos Espinosa.